Despiste caro

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Xusto Otero - - 02-09-2008

Eros y ágape son los dos modos de amar -mendaz y verazque varón y mujer tienen a su alcance. En la historia, las biografías registran esta pauta fija: si el eros lleva las riendas, la relación empieza bien y acaba mal. Si el auriga es el ágape, empieza mal y acaba bien. Eros y ágape siempre andan a la greña por alcanzar posición favorita en el alma humana.


Cuando no media matrimonio la relación sexual es erotismo; o dicho en plata: economía libre de mercado que utiliza métodos de cálculo, reserva y desconfianza con vistas a depredar (poseer) o parasitar (manipular) al partenaire sexual. La crónica de un derrumbe anunciado se refiere al edificio sentimental montado sobre la concurrencia de erotismos. Solo el necio se compromete irrevocablemente sobre cimiento erótico. El compromiso irrevocable sensato nace exclusivamente del ágape porque sólo este amor aporta la solidez de la entrega y el ofrecimiento. Amar de veras implica expoliar el propio ego en favor del cónyuge: sufrir por amor, tarea difícil pero asequible. Así la boda puede entenderse como acción cualitativamente diferente al noviazgo y los planes de boda dejan de ser humor negro.

Mi impresión es que hay demasiados noviazgos contrarios a asumir la Cruz como parte ineludible del amor y realidad inevitable de la vida. El y ella se plantean la mutua conquista desde una ingenua disyuntiva: Cruz si o cruz no, en lugar de tomar en serio el decisivo dilema: Cruz de Cristo o cruz de otro tipo. Y pasa lo que pasa.

Parte del fracaso es achacable a la hegemonía espiritual que ejercen dos corrientes políticamente correctas: por un lado la agnóstica/atea ofertando amor sin Cristo; por otro la filosofía USA y el cristianismo ortodoxo oriental unánimes al proclamar el ‘ora’ a un Cristo sin Cruz y el ‘labora’ a una cruz sin Cristo.

Cantan las cifras en España: Leyes del divorcio (1981 y 2005): 1,1 millones de divorcios afectando a 1,8 millones de niños y 4 millones de abuelos. Ley del aborto (1985): 1,3 millones de abortos de bisturí sin contar los de RU-486, PDD o DIU. Leyes del matrimonio homosexual (2005) y biomedicina (2007) -ambas sin relevancia numérica pero con relevancia institucional-.



En teoría semejante caudal legislativo fue aprobado con el buen deseo de erradicar opresiones amorosas, riesgo de muerte en la mujer por aborto clandestino, desigualdades sociales y frustraciones físicas y existenciales. En la práctica, lo único conseguido fue normalizar el cambio de conciencias y usos sociales que arrebataron al matrimonio todo su sentido y banalizaron tragedias (España es paraíso abortista, divorcista, antinatalista y campeón en drogas de la UE).

El hecho, planetariamente reconocido, de ser la familia célula básica de la sociedad y clave de bóveda del ordenamiento jurídico suscita un atractivo único a la hora de movilizar voluntades a favor o en contra. En principio sería contradictorio apostar por la familia sin apostar en exclusiva por la alianza matrimonial de varón con mujer. Ante todo eso. Despistarse aquí sale caro.
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