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Acceso del lectorEntre las faenas que los labradores suelen ocuparlos durante la estación veraniega era, a caso la principal, la siega de la hierba; es decir, la corta del otoño de los prados que a mediados del mes de junio está cumplido. Mucho se ha dicho de su origen, incluso se ha novelado y fantaseado en los cuentos da lareira, al amor de la lumbre en las noches largas del invierno.
Se había empezado su corte con las uñas, después con la hoz y lo que casi todos acordamos es el uso de la guadaña.
En este instrumento que consta de una hoja de acero, plana en forma alargada de unos 40 centímetros formando un triángulo agudo, adosada a un palo largo o mango con un travesaño corto en un extremo para empuñar la mano izquierda, mientras que al centro lleva otro curvo para la mano derecha y al extremo incrustada la hoja con una argolla que la sujeta al mango. Como quiera que sea, era un trabajo duro que necesitaba aliviarlo afilando periódicamente la hoja con una piedra especial colocada no cabazo y al fin de la jornada se acaravuñaba, es decir por medio de un yunque pequeño, y un martillo especial para machacar el hilo adelgazándolo.
A la guadaña sucedió la máquina segadora movida a motor y manejada a mano. Una vez extendida la hierba, antes se juntaba por medio de horquillas, después en alpacas y últimamente en rollos para conservarse nas palleiras a fin de constituir el alimento del ganado durante el invierno. Así remataba esta importante faena tan necesaria en la hacienda de los labradores.