A la camarera del Santo Cristo de Bouzas

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Isabel Pérez Pérez - - 20-07-2008

No había otra camarera del Cristo que no fuera mi madre, o mi tía Pepita o mi hermana Chicha, y ahora mi hermana Cristina. Esta tradición viene de lejos, pues mi abuela, que no conocí, ya tuvo el honor de serlo, como mi bisabuela o quizá mi tatarabuela, pero esto es decir mucho, porque no lo sé a ciencia cierta.


Y este escrito es mi pequeño homenaje a estas mujeres fenomenales que, cuando llegaban las Fiestas de Bouzas, dejaban sus trabajos, olvidaban sus preocupaciones y se dedican a arreglar al Santo Cristo sin importarles otra cosa que no estuviera relacionada con Él.

Mi hermana Pilar me diría que los homenajes los tienen que hacer los demás; pero ella, que era otra mujer fenomenal, se fue y con ella mi equilibrio y, pasado el tiempo, aún no me he acostumbrado a su terrible ausencia. Pero no se enfadará conmigo, porque ‘no hay que complacer a medio mundo, sólo a aquellos que realmente importan’. Y ellas, estén donde estén, seguro que en el Cielo, les gustará leerlo...

De mi madre destacaría su exquisito gusto y su gran corazón. Cuando llegaban estos días, mi casa daba un gran cambio, los horarios no se respetaban, ya que ella se pasaba horas y horas metida en la iglesia arreglando al Santo Cristo y tratando de hacerlo mejor y distinto cada año. Se dedicaba en cuerpo y alma a su trabajo y, en esos días, su trabajo era el Santo Cristo. Tenía 11 hijos y siempre estuvo dispuesta a todo, porque hay quien se va de aquí sin haberse llevado nada por ni siquiera haberlo intentado, pero mi madre no tuvo miedo y llenó sus manos de amor, de trabajo, de generosidad, de amistad, porque era ’generosa de amores, inoxidable de corazón’. Y el 2 de Julio el Santo Cristo se la llevó para que en el Cielo continuara su labor.

Y continuó mi tía Pepita, que ya llevaba colaborando con ella muchos años, y lo hizo de tal manera que, dejando aparte su increíble arte, destacaría su capacidad de trabajo. Siempre me impresionaron las horas que pasaba en la iglesia. Casi nunca venía a comer a casa y allí quedaba trabajando, ordenando, vigilando, enfadándose con nosotras porque algo hicimos mal. No tenía horas suficientes para su Cristo.



Y cuando su pelo se volvió cano y la enfermedad la obligó a usar una silla de ruedas, continuó su labor dirigiéndonos cómo y dónde debíamos poner los centros. Porque lo importante no había cambiado, su fuerza y convicción no tenían edad y así lo demostró hasta que también ella, un día se fue.

Y mi hermana Chicha fue su digna sucesora, demostrando ser una maravillosa alumna y su gusto, aún muy reciente, quedó plasmado, como su entrega, su amor por el Santo Cristo y por Bouzas y ya junto a ella estaba Cristina que una vez, no hace tanto tiempo, con mi hermana Pilar, se comprometió que ella también continuaría con la tradición y, llegados estos días, deja su trabajo, aparca sus problemas, como antes hicieran sus predecesoras, y se entrega a su Cristo. ¡Qué bonito que exista para mí, alguien incondicional como vosotras, mi familia!


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