Opinión

Dos testimonios sobre Castro: su preceptor y el tabaquero Davidoff

Hace años, siendo yo un joven periodista que daba los primeros pasos en el mundo de la radio, pude conocer al padre Foyaca de la Concha. Era ya un hombre mayor, un viejo jesuita del Colegio de Belén, en Cuba, donde estudiaba la élite de la burguesía cubana y los ricos en general. Allí fue donde se educaron los Castro.
El padre Foyaca conocía bien a Fidel y de él me habló mucho en una entrevista que lamento no conservar. Y sobre todo, me reveló algunas curiosidades llamativas. El joven Castro leía a José Antonio Primo de Rivera, como lo oyen, pues le agradaba la doctrina revolucionaria del fundador de la Falange. Me dijo Foyaca que Fidel era inteligente, inquieto y enormemente noble. En una ocasión en que se hizo una requisa de armas en el colegio le hallaron una pistola y él entregó una segunda sin que nadie se lo pidiera.
El viejo profesor hablaba con cariño de sus recuerdos, pero le dolía el rumbo que había tomado luego la revolución que tantas esperanzas despertara. Yo recuerdo que al regreso de las vacaciones de aquellas Navidades y Reyes de 1958 y 1959, los chavales del Instituto Masculino de Lugo celebramos la entrada de Fidel en la Habana con gran alborozo. Incluso más tarde llegamos a cantar aquella copla: “Dicen los americanos que Fidel es comunista, si Fidel es comunista que me apunten en la lista que quiero ser como él”
Tuve otras ocasiones de conocer a personajes de lo más diverso que conocieron a Fidel y a su familia, incluso a un antiguo compañero de su padre, un latifundista, por cierto, de quien se contaba su habilidad para mover los mojones de los lindes de sus fincas para ir ganando terreno. Pero puede que fuera una leyenda.
De Fidel recogí el testimonio de un personaje muy curioso, el mismo que lo convenció de que el lujo era necesario para que Cuba pudiera vender su tabaco. Se trata del famoso Davidoff, el fabricante de tabacos que llevan su nombre. Lo conocí en Madrid, gracias amigo Daniel Hortas, jefe de prensa de Tabacalera. Cuando Castro tomó el poder unificó las diversas marcas de puros en una sola, y pese a que Davidoff fue uno de los perjudicados por la política tabaquera y tuvoque trasladar su producción a otros países de la zona (lo mismo que algunas famosas marcas de licores, de suerte que bajo la misma denominación se vendían en el mercado ron cubano de Cuba y ron cubano de Santo Domingo). El multimillonario Davidoff convenció a Castro de que, como él contaba, “el lujo es necesario y el fumador de puros caprichoso, por lo que se deben mantener marcas separadas con las diversas ligas de tabaco”. Curiosamente, entre el judío ucraniano y el hijo de un emigrante gallego se mantuvo una curiosa relación con altibajos, pues se conservó la marca y producción de Davidoff en Cuba.
La evolución de la Revolución y sus diversas fases siempre me han producido sentimientos contradictorios. Todos nos alegramos de que Castro, como dice la canción de Carlos Puebla y sus tradicionales (a quienes conocí)  “llegó el comandante y mandó a parar” y barrió de cuba a la Mafia y sus casinos; pero sin negar los avances en educación y sanidad, la miseria general del pueblo cubano (de la que se culpó al embargo americano) siempre nos ha conmovido. Pero del mismo modo, testimonios como el del comandante Huber Matos (casi medio siglo en la cárcel por mandar una carta a Fidel apartándose de la revolución, asunto que ha dado lugar a un miserable reportaje lleno de mentiras que se puede ver en youtube) revelan la grave deriva del régimen que tantas esperanzas despertó en todo el mundo (recomiendo el libro de Matos “De cómo llegó la noche”). Sobre este libro escribe Diego García: “Resulta conmovedor y ejemplar, no sólo desde el punto de vista literario, de su lenguaje llano y claro, de su inmediatez, de su veracidad y de su valentía, sino por su absoluta falta de rencor y del hecho de no lamentarse jamás.”
Conocí a cubanos de Miami y a los comisarios de flota cubana en Vigo. Una de las evidencias del fracaso de la economía planificada me lo reveló Guillermo Rey Paniza, un empresario vigués, proveedor de piezas y otros bienes de equipo para Cuba. Puntualmente le llegaban pedidos de la Habana (tras haberse construido en Vigo una flota camaronera mejor que cualquiera de las españolas). En un viaje a La Habana, Rey Peniza visitó uno de los almacenes de Flota Cubana y se dio cuenta de que estaban rebosantes de piezas que ya no precisaban por haber sido retirados del servicio, cuando no abandonados muchos de aquellos barcos, por falta de mantenimiento; pero dentro de los planes quinquenales se seguían pidiendo piezas que ya no se preciaban.
Pero quizá le mejor anécdota de la realidad cubana me la contaron un grupo de militantes de Comisiones Obreras y del Partido Comunista Español, para quienes fue especialmente útil su estancia en Santiago de Cuba. Todos ellos, trabajadores de los astilleros Barreras y Ascón de Vigo, donde se construyera el que fuera mayor contrato de construcción naval pesquera de España, mediante la fórmula de comercio de Estado (España financió los barcos y Cuba los pagó esencialmente con azúcar).
Los obreros de Vigo fueron enviados a montar una base de reparaciones en Cuba. Un buen día, se produjeron diversas concentraciones de gases en las naves que se estaban construyendo, nada grave, por otro lado, y los trabajadores del naval hicieron lo que hacían aquí: pararon e iniciaron una huelga, exigiendo mejores condiciones de trabajo. Entonces llegó un comisario del pueblo que les dijo: “No me sean güevones, compañeros: la huelga no es revolucionaria, aquí lo revolucionario es el trabajo, la huelga “pa” España. Y entonces entendieron lo del socialismo real.
 

Te puede interesar