fiestas

Como todos los años, y ya van unos cuantos, nos hemos reunido los tres hermanos con sus respectivas proles, padres, hijos y nietos para celebrar la fiesta patronal en la casa materna donde vive una hermana. Ahora mismo, en este año de 2017 y algunos anteriores, ya no es lo mismo. La comida ha cambiado radicalmente. El mar en todo su esplendor, como panacea o ansiolítico, destaca en la mesa en variada y variopinta forma y textura. 
El cordero, brújula y norte de antaño, ha dejado paso al marisco y al pescado. Ni callos, ni jamón asado ni tampoco el café de pota tienen ahora relevancia alguna y ya no figuran en mesa que se precie de fiesta patronal.
Los niños siguen siendo y llevando más atención. Poco importa que se les dote de mesa aparte y comida adaptada a su edad, saltando eso sí, siempre el número y cantidad de postre y heladería, que de tanto y tan variado, desperdician y al final son plato complementario y aprovechable de sus padres. Herodes sigue estando muy desprestigiado.
Aquellas mesas atestadas de familiares próximos y lejanos, que luego a lo largo de todo el año solo se veían en muy contadas o luctuosas ocasiones o devolución de fiesta. Lo que daban para hablar, comentar y aun mal hablar en aquellas interminables partidas de brisca o tute aromatizados con buenas farias o aguardientes caseros de los mejores. Allí, haciéndome el dormido, he aprendido más que asistiendo a muchos cursos y másteres.
En esta fiesta o reunión familiar, yo personalmente y, por más que lo intento, aún no he superado la equidistancia entre el mal beber y el bien comer. Aunque a veces, eso sí,  más en lo uno que en lo otro. Defecto en el que suelo destacar, que por tantas diversas ocasiones y variados trances espero que se llegue a convertir en una virtud. Qué le vamos a hacer. Y créanme que me esmero, vaya si me esmero.
Y así hasta el año próximo en donde inevitablemente iremos añadiendo más quejas, disgustos y descontentos para todos los gustos. Es ley de vida o cosa de los tiempos. Cada uno ya tiene su sitio guardado y yo espero sentarme otra vez aunque solo sea a ver pasar la vida y seguir paladeando a disgusto  su faceta marítima. Del beber ni les cuento. Además para eso son las fiestas. Y sobre todo las familiares. Que todo queda en casa.

Por Francisco Sabucedo Fernández. el
16/10/2017 02:06 h.