VERANO

A Guarda se echó otra vez al monte

La subida a Santa Trega puso fin un año más a las Festa do Monte con la participación de las 21 peñas que participan en este ritual en el que conviven música tradicional, vino y comida en comunidad

La "troula" fue la gran protagonista de una jornada en la que las bandas "xuran" con el vino que después regaría la comida que reúne a los romeros en la cima del monte.
La "troula" fue la gran protagonista de una jornada en la que las bandas "xuran" con el vino que después regaría la comida que reúne a los romeros en la cima del monte.
A Guarda se echó otra vez al monte

A Guarda despidió, en multitud, las Festas do Monte de Santa Trega con el tradicional Domingo do Monte que congregó en este oppidum a vecinos y visitantes para disfrutar de una jornada en familia, y entre amigos y conocidos, en torno a la música, el paseo y el espectáculo que ofrecen las 21 bandas con la Xura, ese momento importante –o mágico- por el cual cada miembro de las respectivas bandas se compromete con su formación, o se recuerda a alguien que formó parte de la banda y ya no está. Se alza el garrafón de vino tinto, redoblan las cajas y se golpea frenéticamente el bombo mientras se bebe y se derrama el tinto cayendo por el rostro de quien Xura en ese instante, impregnando las camisas que ya mezclan el color propio con el del vino y el polvo adherido. Pesa el garrafón para los primeros, que si no son capaces de levantarlo, siempre se extenderán unos brazos para colaborar en la acción. Xuran también los más pequeños de las bandas, engañosamente, cuando su garrafón en vez de tinto, lleva tal vez cocacola; o si es vino, unas manos grandes tapan su boca, las mismas manos que, manchadas, le levarán la cara en un gesto de simular que también bebió. Xuran pues, hombres y mujeres, mayores y pequeños, fuertes y menos fuertes; unos bebiendo más; otros, menos, y algunos nada, pero todos con la embriaguez emocional que produce estar en “a nosa festa do Monte”. Se troula al ritmo del ruido que atruena el monte. Los golpes sobre la piel sintética llegan a las orillas del río y del mar, 341 metros más abajo, que es la altura del Pico de San Francisco. Pero no solo es la Xura, también es el mantel. La mesa, dispuesta mayoritariamente sobre la misma tierra que sustenta la vida. Salpicón, empanadas, bistecs empanados, que era lo de siempre junto con la rosca como postre. Era, porque ahora sobre el mantel, la carta se amplió considerablemente, y también lucen mariscos; no en vano A Guarda es y fue tierra y mar de la mejor gastronomía, basta con asistir a alguna de su fiestas que agradecen los estómagos como la paletada-laconada de San Amaro; da Lagosta e Cociña Mariñeira, del Peixe Espada, la del Mexilón, o la Zorzada de A Gándara. Y vinos, apreciados; no el de la Xura, que ese es de otra barrica; aqui, en torno a las mejores viandas, no faltan los buenos vinos que se elaboran con las mejores uvas del valle de O Rosal, y que también se pueden degustar en su afanada Feira do Viño. Y después del xantar, del buen comer y del buen beber, se vuelve a troular. Así, insistentemente, hasta que la declinación de la tarde invita a dejar la cumbre y a descender.